Con respecto a la salud mental de los jóvenes derivada del impacto de la Covid-19, según algunos estudios (UNICEF, 2020) se observa una menor motivación para realizar actividades habituales y un cierto pesimismo ante su futuro.
Casi todo aquello con lo que convivían, sus actividades, se han detenido, alterado o desaparecido. Las escuelas y universidades, sus proyectos, sus relaciones, su espacio de ocio, sus proyectos, pero, sobre todo, su vida social. Debemos tener en cuenta que el ser humano es social por naturaleza, pero, los adolescentes, todavía más. Nada hay más importante que su grupo de iguales. Y, por si ello fuera poco, su grupo de apoyo, los adultos, se encuentran confundidos y desconcertados, incluso con miedo.
Volviendo al aspecto de su vida social y, como ya he comentado, las personas somos seres sociales y nos gusta besarnos, acariciarnos, tocarnos… pero nos está “prohibido”. Si a todo ello le añadimos la efervescencia de la adolescencia donde sus amistades, pareja, novio, compartir su experiencia, sentirse querido y aceptado dentro del grupo es lo principal, se encuentran totalmente desolados y más si, ni tan solo, saben cuándo acabará. Para suplir estas carencias, se utilizan las redes sociales e Internet, pero, por otro lado, también se les limita para evitar problemas como las adicciones a las “nuevas tecnologías”.
Por otro lado, esta situación favorece la aparición de estados de ansiedad (o recaídas en caso de haberlos sufrido con anterioridad), depresión, insomnio o adicciones. La rabia, la irascibilidad, la desilusión, el desaliento van haciendo su aparición con el consecuente mal comportamiento en casa dado que, a quien tiene al lado es quien se lo hacen pagar…
Además, el hecho de no saber cuándo podrán volver a verse con sus amigos, parejas, novios… con normalidad, cuándo podrán regresar a clase de forma presencial y continuada (¡nunca habían echado tanto en falta ir a clase!), cuando podrán reiniciar su vida, planes, aspiraciones y proyectos, todavía les genera más estrés.
Los jóvenes y adolescentes no viven la vida como los adultos. Aunque sientan que tienen toda su vida por delante, también lo viven como si cada minuto fuera el último de su vida y las privaciones que están sufriendo debido al COVID, las sienten como un tiempo perdido que jamás volverá, como si les estuvieran robando su juventud y que, en cierto modo, es verdad.
Como reflexión final y para todos aquellos que hayáis sido universitarios… ¿cómo creéis que se sienten esos jóvenes que, por segundo año, no pueden disfrutar de una etapa de la vida que es, realmente, fascinante?
Antes de criticarlos y quejarnos, ¡intentemos ponernos en su inexperta cabecita!