En los últimos años oímos hablar continuamente de cómo conseguir la felicidad, de cómo ser felices, de qué necesitamos para ser felices. Si os fijáis, todo ello quiere dar a entender que no lo somos, y no lo somos porque así nos lo hacen creer.
Fijémonos, por ejemplo, en la enrevesada trampa que nos tienden los medios de comunicación, el marketing, la publicidad y la conocidísima sociedad de consumo. Primero nos hacen creer lo que no somos y, una vez nos lo hemos creído, nos hacen creer que para ser felices necesitamos, precisamente, todo aquello que nos falta para llegar a ser lo que nos han querido hacer creer que no somos pero que queremos llegar a ser. Parece muy complicado pero lo que quiero decir es que, en realidad, lo que están haciendo no es otra cosa que crearnos auténticas necesidades que, en la mayoría de los casos, no son ciertas. De hecho, a pesar de que ya sabemos que todos queremos más, lo verdaderamente necesario es el aire, los alimentos, el agua y, según el lugar, el abrigo.
Aun así, para ser felices actualmente necesitamos un tipo determinado de agua -baja en minerales, pura, con gas, embotellada, o con un tratamiento de ósmosis inversa…-, un tipo determinado de alimentación – más sana, más equilibrada, vegetariana, vegana…-, un tipo determinado de aire – más fresco, más puro, acondicionado, climatizado, perfumado…-. ¡Y no hablemos ya de cómo tiene que ser el abrigo!
Pues bien, haciendo un paralelismo con el ejemplo anterior, podemos encontrar un montón de falsas necesidades y que no son precisamente materiales. Son necesidades del tipo «realización personal», lo cual nos hace sentir todavía peor cuando no lo tenemos porque también nos han hecho creer, no de la importancia de esta realización, que la tiene, sino de la necesidad imprescindible de ésta en todos los aspectos de la vida, con la consecuente penitencia de ser unos fracasados cuando no lo conseguimos.
Y así, poco a poco, nos creamos «falsas necesidades» sin las cuales nos resulta prácticamente imposible llegar a ser verdaderamente felices. Sería absurdo decir, por norma general, que no nos ayudan a sentirnos mejor, pero esto no las convierte en auténticas necesidades y lo que sí provocan es una situación de insatisfacción continua que hace que se pierda de vista, y no se valore, lo que tenemos.
Si vuestras necesidades os dejan un momento para dedicaros a vosotros mismos, coged lápiz y papel e id apuntando cuáles son vuestras metas, lo que más deseáis. Enumeradlas por orden de prioridad y analizadlas una por una. ¿Cuántas de ellas son realmente necesarias? ¿Os vale la pena el precio que pagáis por algunas de ellas? ¿Cómo sería vuestro mundo, vuestra vida sin esta a aquella necesidad? Quizás os daréis cuenta de que muchas son totalmente prescindibles e, incluso, prescindir de ellas, posiblemente, os hará más libres.
Ahora bien, no nos confundamos. Tener ambiciones es de lo mejor que hay, es nuestro motor, y nunca, nunca, se tiene que renunciar a nuestros sueños. Una de las citas que más me gusta es del poeta, novelista, dramaturgo, pintor, diseñador, crítico y cineasta francés, Jean Cocteau: Lo consiguieron porque no sabían que era imposible. Tenemos que luchar por todo aquello que queremos, siendo conscientes de nuestras limitaciones, pero lo que pretendo con esta pequeña reflexión, es que se valoremos más lo que tenemos en lugar de anhelar continuamente lo que no tenemos. Cómo dijo el orador Jim Rohn, aprende a ser feliz con lo que tienes mientras persigues lo que quieres.