El suicidio y la tentativa de suicidio son uno de los problemas de salud más graves. Se encuentra entre las diez primeras causas de muerte en el mundo pero, entre los jóvenes de entre 15 y 24 años, pasa a ocupar entre la segunda y tercera posición. Además, aunque varía dependiendo de los países, en los últimos cincuenta años la tasa de suicidios ha aumentado alrededor del 60%. También resulta alarmante que por cada suicidio consumado existen, al menos, 20 intentos.
Los principales factores que están asociados al hecho que pueda existir una probabilidad de suicidio son: el trastorno mental, especialmente la depresión, y los trastornos de personalidad, las conductas adictivas, el desarraigo social o soledad, acontecimientos vitales estresantes y la enfermedad crónica que carrera con dolor, pero -y por eso resulta muy difícil su detección- un gran porcentaje muy elevado de suicidios no son debidos a ninguno de estos factores, ni siquiera a ninguna causa concreta, muchos son consecuencia de la combinación de varios factores sociológicos, culturales, biológicos, psiquiátricos y psicológicos.
Aun así, los pensamientos o ideaciones suicidas no siempre son verbalizados o aparecen como motivo la de la visita del psicólogo, sino que se manifiestan de diferente forma como comentarlo con personas próximas, llevar a cabo ciertos preparativos como arreglar documentación, cerrar asuntos pendientes, hacer testamento, regalar objetos o bienes, trucar a gente para despedirse. Otras señales son manifestar que se sienten solo, aislados e incapaces de soportarlo por más tiempo o de solucionar, perder interés por las aficiones, amigos, familia… En último lugar, se puede observar también un cambio brusco en su estado de ánimo, que pasa de estar muy deprimido a una mejora inesperada, y un cambio también repentino de su conducta, ya sea para volverse más irascible y/o imprudente como presentar una tranquilidad y calma repentina tras gran agitación. En algunas ocasiones se pueden observar también algún tipo de autolesiones.
Una de las hipótesis más aceptadas es que tendría que aparecer de un estresor que produce frustración o rechazo, un deseo de querer huir de esta situación, o de poder abrirse a alguien, y una valoración de qué esto no es posible. La carencia de recursos propios para poder hacer frente a esta situación, o de medios para conseguirlos daría lugar a una ideación suicida.
Para acabar, me gustaría hacer un apunte sobre algunos (que no todos) de los falsos mitos y prejuicios sobre el suicidio. No es cierto que la persona que dice que lo hará no lo hace y es siempre imprevisto. De cada diez personas que se suicidan, ocho han avisado de forma clara sus intenciones y han dado pistas sobre el que querían hacer. Tampoco es cierto que aquel que se suicida estaba completamente decidido a hacerlo. El suicidio “no viene de familia”, sino que está influenciado por factores individuales y ambientales, y afecta a todas las clases y estatus sociales. Aunque quién lo intenta se siente extremadamente infeliz y desgraciado, no tiene que ser necesariamente un desequilibrado mental. Y, en último lugar, debemos tener en cuenta que el hecho que se produzca una mejora después de una crisis suicida, no quiere decir que el riesgo haya desaparecido. Muy al contrario, muchos suicidios se consuman durante los tres meses posteriores a la mejora, cuando el sujeto se encuentra con más fuerzas para llevar a cabo sus ideaciones. Aun así, la persona que haya intentado suicidarse puede repetir el intento, pero no será un suicida toda la vida.