Mertxe Fernandez

¡Si te portas mal, te llevaré al psicólogo!

¡Si te portas mal, te llevaré al psicólogo!

A lo largo de los años, la figura del psicólogo ha ido teniendo más presencia y prestigio entre la población. Podríamos decir que ha dejado de ser aquel personaje retorcido y rocambolesco que hacía estirar el paciente en un diván y, sin casi abrir boca, iba tomando apuntes o haciendo dibujos en su misterioso bloc de notas. Ha dejado de ser también aquella persona “que trata con locos”, motivo por el cual nadie quería ir porque “yo no estoy loco”. También ha dejado de ser quién busca problemas ocultos, o rebuscaba ahincadamente un escondido trauma infantil acontecido de un abuso por parte de un padre autoritario y violento o de quien se había enamorado sin ser consciente. Actualmente, el psicólogo se entiende más como aquel profesional que puede ayudar a buscar, de una forma eficiente, las herramientas o recursos que, en determinados momentos de nuestra vida, no se pueden encontrar por un mismo porque el sujeto está emocionalmente colapsado.

Aun así, en muchas ocasiones, se ha pasado de un extremo al otro, especialmente con el psicólogo infantil y juvenil. Los psicólogos, como he comentado, podemos ayudar a buscar soluciones, podemos echar una mano,  apoyar, colaborar pero,  lo que no podamos –y no debemos hacer– es sustituir el trabajo que los padres y madres tienen que hacer. Cada día es más normal encontrarme en la consulta con padres y madres que no saben cómo afrontar la educación de unos hijos que ven como se los escapan de las  manos. Dar unas pautas de educación y de actuación forma parte de nuestra tarea, ¡solo faltaría!, pero aplicarlas, y aplicarlas bien, ya es cosa de los padres y madres. Es difícil, agotador y se necesita una gran dosis de paciencia y afecto, pero esto lo tienen que hacer ellos…

Llegado a este punto de angustia, muchos son los que deciden llevar su hijo/a al psicólogo pero, a veces, la forma de enfocar la visita no es la correcta provocando todo tipo de negativas, especialmente por parte de los adolescentes. Este hecho, no solo produce un rechazo a las visitas, sino que al psicólogo le resulta más difícil crear un vínculo o complicidad con el paciente, que es obligado a venir y nos ve, más como un aliado de los padres para ir en su contra, que como la persona que los tiene que ayudar.  Así, hay tres tipos de actitudes “incorrectas” con las que nos encontramos a la consulta en el momento de atenderlos.

La primera es la que llevan al niño/a o adolescente con una sentencia introductoria ante él/ella que dice algo así como “¡Aquí te lo dejo a ver si puedes hacer algo porque, con él/ella, yo ya no puedo más!”. A partir de este momento se está dando a entender que os habéis dado por vencidos o que ya no se piensan ocupar más de él/ella. Es nocivo se mire por donde se mire, puesto que quiere decir que, o se desocupan, o que los “ha ganado”.

La segunda, es aquella en la que el acompañante, padre o madre, insisten a entrar o a querer hablar con nosotros antes de atender al paciente, y la introducción es similar a “¡Primero entro yo que te quiero comentar algunas cosas antes, que seguro que no te lo explicará todo o te dirá mentiras!”. A partir de este momento, si lo permitimos, nos habremos convertido en el aliado de los padres.

La tercera es la visita/amenaza cuando se dice: “¡Si te llevas mal te enviaré al psicólogo!”. Si ya se nos presenta como un castigo, ¿cómo se pretende que la criatura quiera venir a visitarse?

El psicólogo es la persona “amiga” que tiene que ayudar, no una amenaza como cuando antes se decía “¡si te llevas mal se lo diré al policía!”. Cuando me presento a un niño siempre pregunto si sabe por qué ha venido, y le explico que mi trabajo es la de intentar que sea algo más feliz pero, nunca, nunca, un castigo o amenaza.

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