En relación directa con la ansiedad encontramos lo que se conoce como ataque de pánico o crisis de ansiedad. Pero ¿qué es una crisis de ansiedad? Pues una reacción de ansiedad muy intensa acompañada de un sentimiento de incapacidad para hacer frente a la situación de forma que no se puede controlar esta reacción.
Las sensaciones que acompañan a un ataque de pánico son, principalmente, palpitaciones, golpeteo del corazón o aceleración de la frecuencia cardíaca, sudoración, temblor o espasmos, percepción de dificultad para respirar o de asfixia, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, náuseas o malestar abdominal, mareo, inestabilidad, aturdimiento, escalofríos, calor, parestesias (sensación de hormigueo en manos, pies o cara), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de un mismo), miedo a perder el control, miedo de “volverse loco” e, incluso, miedo a morir o sensación de muerte inminente.
Estas sensaciones se pueden dar durante un periodo de tiempo que va de minutos a horas, a pesar de que lo más normal es que empiecen a desaparecer transcurridos unos diez o veinte minutos, que es cuando consiguen su máxima intensidad. Aparecen de forma abrupta e inesperada, sin motivo aparente, que es la principal diferencia entre un ataque de pánico y la ansiedad. A veces llegan durante el periodo de sueño.
Otro factor muy importante que puede provocar un ataque de ansiedad es el “miedo al miedo”. Recordar lo mal que lo hemos pasado en una situación similar, o asociar una nueva situación a otra anterior que nos ha resultado angustiosa, ya sea tanto por el contexto como por los síntomas físicos que nos provoca, hará que sobrevenga miedo a volverlo a pasar mal, lo cual dificulta un correcto afrontamiento y que vivamos como conflictivo o problemático un acontecimiento que no tendría por qué serlo. Muchas veces, sin saberlo, esta ansiedad acontece fuera del contexto que lo ha provocado y justo cuando ya nos hemos relajado y hemos bajado la guardia. Es posible que se produzca volviendo del trabajo, del hospital, de una reunión importante, en el autobús o en el metro, situaciones que ocasionan auténticas fobias.
Vemos un ejemplo de cómo puede aparecer un ataque de ansiedad a partir del miedo al miedo. Has pasado una semana bastante dura y estás deseando que llegue el fin de semana. El Viernes, cuando te diriges a casa, volviendo del trabajo, o de disponer los últimos preparativos para una cena que te apetece mucho, o de recoger unos resultados médicos que esperabas y te acaban de informar que estás en pleno estado de salud, o de…, pasas por el centro comercial para comprar un pastelito y celebrar que es Viernes o que los resultados han sido buenos. Mientras haces cola en la caja para pagar, con el pastel deshaciéndose, te empiezas a encontrar mal. De repente, te entran las prisas, las ganas de escapar, de acabar, de salir… ¡La ansiedad empieza a prepararse! Sudor, nervios, tensión… De pronto, recuerdas aquellos síntomas de una ansiedad sufrida con anterioridad. De cara al futuro, relacionarás esta situación a la ansiedad y cuando te encuentres en la caja del supermercado haciendo cola creerás que puede sobrevenir otro ataque de ansiedad que, sin querer, es posible que te provoques. Y ¿qué conclusión sacarás? Que las colas de los supermercados te generan ansiedad. La situación por sí misma, no tiene nada a ver pero, al haberte relajado y bajar la tensión que te ha mantenido alerta toda la semana, se ha producido la ansiedad. Así, de ahora en adelante, cada vez que estés a la cola del supermercado, tendrás miedo porque, de forma errónea, pensarás que éste es el motivo. Así pues, alertarás al cerebro que estás ante una situación de peligro, éste actuará como tal, y la ansiedad aparecerá.