Síntomas hay muchísimos y de todo tipo: físicos, psicológicos, intelectuales, cognitivos, sociales… De hecho, ¿cuánta gente va al médico porque «algo no funciona» y el diagnóstico ha sido ansiedad? O ¿quién no ha sentido hablar de aquel conocido que ha ingresado en urgencias pensando que estaba sufriendo un ataque de corazón y era un ataque de ansiedad?
Existe una cierta sintomatología muy fácil de asociar, especialmente si se está pasando por una situación difícil o estresante identificada, pero no siempre resulta tan sencillo. A veces, o no se conocen conscientemente los motivos, o no se asocia la sintomatología a la ansiedad.
Como manifestaciones físicas destacan: elevación de las pulsaciones, palpitaciones y taquicardias, opresión en el pecho, sensación de falta de aire, hiperventilación, sudoración, mareo e inestabilidad, tensión y rigidez muscular (cuello, cervicales, hombros, mandíbula…), temblores, molestias digestivas, náuseas, vómitos, diarreas, indigestión, sensación de «nudo» en el estómago, alteraciones de la alimentación, dolor de cabeza, hormigueo, cansancio, insomnio (de conciliación, cuando costa dormirse, de mantenimiento, cuando durante el descanso nocturno nos despertamos varias veces, o los dos), alteración de la respuesta sexual… Estos son los más frecuentes y los más fáciles de identificar.
Ahora bien, también se dan signos psicológicos como la sensación de estar expuestos continuamente en un peligro o amenaza, inquietud, agitación, ganas de escapar, de huir, de salir, confusión y despersonalización (sensación de extrañeza, de estar viviendo la vida de otro, de no ser un mismo), miedos (a perder el control, a volverse loco o, incluso, a la muerte o al suicidio), preocupación constante, vacío, tristeza…
En último lugar, aparecen también síntomas cognitivos y conductuales, todavía más difíciles de identificar. En muchas ocasiones, son las personas próximas quienes los perciben antes de que un mismo. Estos pueden ser un elevado estado de alerta, inquietud motora, irritabilidad, susceptibilidad, impulsividad, agresividad, bloqueos, pérdidas de memoria, carencia de concentración y de atención, errores, distracciones y dificultad para tomar decisiones y resolución de problemas.
Todavía podríamos encontrar muchos más, pero no significa que todo el mundo tenga siempre los mismos síntomas, que se tengan todos, o que se vivan con la misma intensidad. Cada persona es un mundo y su entorno, capacidades adaptativas, recursos de los cuales disponga, la ayuda y apoyo que tenga a su alcance, las vivencias y experiencias, su propia biología o rasgos de personalidad, harán que se afronte de diferente forma y que su recuperación sea más o menos rápida.
Pero¿ os habéis preguntado qué es realmente la ansiedad? La ansiedad es como «el Ángel de la guarda». Gracias a la ansiedad, los antílopes pueden salir deprisa cuando ven o notan la presencia de un depredador. La ansiedad es, sencillamente, un mecanismo de defensa, un mecanismo adaptativo que nos permite huir del peligro, luchar, buscar seguridad o apoyo y evitar situaciones adversas. Es el sistema de alarma de nuestro cuerpo que, además, funciona a una velocidad vertiginosa. Sería como un sistema de detección, prevención y extinción de incendios. El problema es cuando surge cuando se dilata en el tiempo o se presenta de forma exagerada porque es cuando aparece un trastorno de ansiedad.