Seguro que muchos de vosotros ya habéis sentido hablar de la Pirámide de Maslow, psicólogo estadounidense del siglo XX y considerado como la tercera tendencia dentro de la psicología última de Freud y Watson.
Esta teoría defiende que, a medida que vamos satisfaciendo nuestras necesidades más básicas, éstas van aumentando y nuestros deseos son mayores. Imaginemos un indigente que cada día tiene que recorrer diferentes papeleras y contenedores para poder comer. Él sería feliz si pudiera comer de forma decente y, a veces, tan solo con poder comer cada día. Un día, de madrugada, nuestro indigente está revolviendo unos contenedores cuando aparecen los cocineros de un restaurante próximo y le proponen que cada día, hacia las 2 de la mañana, le esperarán a la esquina y le darán la comida que haya sobrado. A partir de este momento, nuestro indigente se siente totalmente feliz. ¡Es todo él que necesitaba! Y, con la barriguita llena, se dirige al banco donde pasa las noches.
Transcurrido un tiempo, estaba nuestro indigente estirado en el banco mientras hacía la digestión, cuando pensó: “¿Qué estoy haciendo aquí con el frío que hace? Es cierto que tengo comer pero, después de todo, comida ya encontraba. ¡Al final acababa encontrando! Lo que yo necesito es un lugar donde poder dormir. En verano, vale… pero ahora que llega el invierno, ¿qué haré? No puedo continuar durmiendo en un banco… ¡Me moriré de frío! En éstas estaba nuestro indigente cuando, por su lado, pasó un trabajador de los servicios sociales.
– Buenas noches. ¿Qué está haciendo usted en este banco, durmiendo a la intemperie? ¿No sabe que puede acudir a alguno de nuestros albergues? Dormiría en una cama, tendría mantas, una ducha caliente e incluso puede cenar allí.
Nuestro indigente, de repente, vio el cielo abierto. Ni corto ni perezoso, se dirige al albergue indicado y, a partir de aquel día, empieza su felicidad completa. Comida, techo, aseo personal… ¿Qué más puede pedir? A esta pregunta encontrará respuesta transcurrido un tiempo.
– “Es cierto que ya tengo comida, y hasta una cama y un techo pero, después todo, he pasado otros inviernos y he sobrevivido. Siempre encontraba algún cajero, iglesia, portal… donde refugiarme. ¡Lo que me pasa a mí es que estoy muy solo y necesito gente con quién poder compartir y hablar! “
Paso a paso, escalón a escalón, nuestro mendigo va cambiando sus necesidades (preocupaciones), primero básicas para la vida, por otras necesidades (preocupaciones) que anhela porque ya no existen otras inferiores por las cuales preocuparse.
En resumen, por encima de todo están las necesidades básicas (comer, agua…); después la seguridad (salud, techo…); en tercer lugar, las relaciones sociales (amigos, afecto…); es entonces cuando pensamos a ser reconocidos (confianza, respeto…); y, en último lugar… todo el resto, nuestra realización personal y el éxito total. No podemos pensar en nuestro éxito si antes no tenemos ni que comer.
Problemas hay siempre. La tranquilidad completa no existe. Siempre encontraremos un motivo u otro por el cual preocuparnos, pero no debemos confundirlo con la infelicidad. La aceptación y la lucha continua por nuestros ideales, grandes o pequeños, no tiene por qué ser motivo de infelicidad sino, todo el contrario, un motivo por el cual luchar.