Los videojuegos aportan muchas ventajas: mejoran la atención sostenida (concentración en un solo estímulo) y dividida (ser capaces de estar pendientes de varias cosas a la vez), aumentan la medida del cerebro, desarrollan las partes responsables de las habilidades visuoespaciales, mejoran el rendimiento cognitivo y los efectos adversos del envejecimiento en los mayores…. Ahora bien, también es cierto que un uso abusivo puede resultar nocivo. Los videojuegos pueden ocasionar cierta desensibilización hacia a la violencia por su exposición repetida, puede aumentar la aparición de comportamientos no adaptativos y/o agresivos, y pueden alterar el área de procesamiento de recompensas del cerebro, de forma que pueden generar adiciones al activar sistemas similares a los que activan las drogues, provocando algunos síntomas comparables a los producidos por sustancias, afectando el aprendizaje, a la sensación de placer y a la motivación.
Pero ¿cómo se produce esta adicción? Cuando se juega a la consola, de la misma forma que en cualquier experiencia que nos resulte gratificante, se activa el circuito de refuerzo o recompensa del cerebro situado al mesencéfalo, que está conectado al córtex y sistema límbico (conjunto de zonas del cerebro encargadas de regular las emociones), y se segrega dopamina. De esta forma se entra en un tipo de espiral en el que a más placer, más dopamina y, a más dopamina, más placer. Por otro lado, el córtex prefrontal es el encargado del control de la conducta o de inhibir conductas inadecuadas, pero no está totalmente desarrollado hasta los 20 o 25 años por lo que, a los adolescentes, todavía les cuesta mucho más “apagar la *Play”, especialmente si lo tienen que hacer para realizar una tarea que no les resulta nada gratificante como hacer los deberes, poner la mesa o ir a dormir.
Ahora bien, ya he comentado que los videojuegos tienen también efectos positivos y jugar a videojuegos no es un sinónimo de tener una adicción. Lo ideal es no hacer uso y abuso y utilizar unas sencillas normas, aunque no siempre sean fáciles de aplicar. Estas normas podrían ser, por ejemplo:
1.- Poner límites al tiempo de juego, pero sin prohibir jugar. Unos buenos límites serían no jugar cada día o no jugar más de 2 horas diarias, ¡fines de semana incluidos!
2.- Jugar siempre después de las obligaciones y los deberes.
3.- Avisar con tiempo cuando tienen que dejar el juego para que no se embarquen en una nueva partida que tengan tiempo de acabar. Calculad cuánto dura cada misión o partida del juego que estén utilizando. Si avisáis con poco tiempo, no podrán acabarla. Si avisáis con mucho tiempo, pensarán que pueden empezar otra. Podéis utilizar un reloj que tengan a la vista para que ellos mismos calculen o conozcan el tiempo que los queda.
4.- No cedáis
5.- Pactad las normas juntos, en consenso. Los hará cómplices y ayudará a respetar los acuerdos.
Os propongo una actividad que los ayudará a controlar las horas de juego. Se entregan cuatro “tarjetas de crédito” (cartulinas) cada semana, con un valor de una hora, hora y media, cada una de ellas, según se pacte. Esto hará un máximo de seis horas semanales. Cada niño se las administra como quiera, pero de lunes a jueves no se sobrepasará la hora y media de juego, dos horas el fin de semana. Si entre semana no ha usado ninguna, estas “generarán unos intereses” de una tarjeta extra que podrá utilizar cuando quiera, dentro de los horarios y tiempos establecidos.
Y un último consejo: ¡los videojuegos también pueden convertirse en una actividad familiar!