Es el indicativo que más se reconoce cuando se sufre ansiedad. La frecuencia respiratoria normal en el adulto es de 12 a 20 respiraciones por minuto, más elevado en el adolescente que puede oscilar entre 18 y 26 por minuto. Cuando ésta supera estos intervalos, se habla de un síndrome de hiperventilación y es la causante de la mayor parte de los síntomas de la ansiedad. La mayoría de las ocasiones nos la provocamos nosotros mismos, puesto que a causa del nerviosismo respiramos más rápidamente y, a su vez, esto puede desencadenar un estado de ansiedad. De hecho, hay hallazgos en laboratorio en los cuales se ha inducido una crisis de ansiedad, e incluso crisis de pánico, únicamente con una hiperventilación provocada.
Con la hiperventilación, se genera una subida de la presión arterial de oxígeno (O2) y un descenso de la presión arterial de dióxido de carbono (CO₂), a causa del aumento de la frecuencia y/o profundidad de las respiraciones. Esto produce un incremento del pH de la sangre que ocasiona irritabilidad y excitabilidad muscular, así como parestesias (sensaciones de cosquilleo, calor o frío) en extremidades y labios, tetania carpopedal (espasmos musculares en pie y manso), calambres o convulsiones. Otro de los efectos es que al disminuir el CO₂ se produce vasoconstricción de los vasos cerebrales, lo cual explica el mareo y el vértigo.
Las alteraciones fisiopatológicas debidas a la hiperventilación son elevadísimas: alteración en el pH sanguíneo, disminución de los niveles de calcio iónico, aumento de los niveles de catecolamines (adrenalina y noradrenalina). Por otro lado, a escala neurológica provocan alteraciones de la conciencia, lasitud, mareos, trastornos visuales y parestesias; respecto al sistema cardiovascular, dolor precordial, taquicardia y palpitaciones; en cuanto al respiratorio, falta de aire, taquipnea (aumento de la frecuencia respiratoria por encima de los valores normales) y suspiros; con relación al sistema musculoesquelético, ocasiona calambres musculares, dolor muscular, temblores y tetania carpopedal (muñecas y pies); vinculado al sistema gastrointestinal, dolor epigástrico, dolor retroesternal (cerca del esternón) y aerofagia y, psicológicamente ansiedad, tensión, aprensión, fatiga y debilidad.
Cómo puedes ver, la hiperventilación afecta de una forma directa a gran parte de nuestro sistema y, de aquí, la importancia de aprender a controlar la respiración. Si sabemos controlar la respiración, tenemos mucho ganado en el supuesto de que se produjera un ataque de ansiedad.
Respirar dentro de una bolsa de papel sobre tu boca y tu nariz funciona en caso de ansiedad. En primer lugar se está controlando la respiración dado que se está haciendo de manera consciente pero, además, disminuye la cantidad de oxígeno que entra en el organismo y aumenta la de dióxido de carbono, puesto que al expirar dentro de la bolsa, lo que se introduce en ella es el dióxido de carbono de los pulmones y esto será el que se inspirará en la próxima bocanada de aire, compensando un poco el proceso que se realiza con la hiperventilación.
Por esta misma razón, practicar deporte va tan bien para superar la ansiedad. La ansiedad nos prepara para enfrentarnos a un peligro, para la lucha o la fuga, nos posa en alerta. Con la hiperventilación, se ayuda al aumento de entrada de oxígeno, indispensable para las acciones para las cuales, hipotéticamente, nos estamos preparando. Pero en realidad, en aquel momento, ni luchamos ni huimos, así que este oxígeno que está entrando no se consume, queda retenido en nuestro cuerpo y provocando todas las consecuencias de la hiperventilación que acabo de explicar.